La
organización del centro educativo, como la de cualquier organismo vivo,
responde a un organigrama en el que todos sus miembros participan de forma
equilibrada para su supervivencia. De esta forma, la comunidad educativa entera
es la responsable del buen funcionamiento del centro y cuando alguna de las
partes falla, todo el sistema se tambalea.
No
obstante, en el esquema organizativo sobresale por encima de todos la figura
del director, reforzada además recientemente con la aprobación de la LOMCE.
Jefe ejecutivo y líder pedagógico, el director coordina y favorece la
colaboración positiva de toda la comunidad educativa. Vertebra las relaciones
de todos los organismos implicados en la convivencia escolar, planifica y
alienta el desenvolvimiento de las funciones particulares de cada uno y es el
máximo responsable de la marcha del conjunto.
Para
desempeñar su compleja actividad, es deseable por parte del director, una
capacidad de liderazgo que vaya más allá del autoritarismo y que presente,
frente a un modelo de gestión autocrática o paternalista, otro basado en el
apoyo, la colaboración, la motivación, la confianza y la autonomía de cada
miembro de ese todo que es la comunidad educativa. Para ello, lo primero y más
importante va a ser un proyecto común. Difícil tarea la del director del futuro
que, siendo impuesto por la administración, como si de un cuerpo ajeno
injertado en la comunidad se tratase, tiene que integrar a todos en unas
directrices y criterios que le son extraños a ésta. Habrá que ver cómo funciona
el centro educativo con una ley que dinamita el trabajo en equipo y la
participación.
El
día a día de un director es una sucesión imparable de situaciones que resolver,
ante las que hay que tomar decisiones. Unas decisiones que afectan a personas,
especialmente a los alumnos, que a menudo han de disponerse sobre la marcha y con
consecuencias imprevisibles; “Puertas que se abren, puertas que se cierran”,
decía Daniel, el director de la escuela de Hoy empieza todo (Bertrand
Tavernier, 1999). En su cotidianeidad, el director encuentra problemas
administrativos, institucionales y económicos sí, pero también de convivencia,
de tipo pedagógico y, lo que es más trascendente, conflictos que ponen en
peligro el propio bienestar de los alumnos. Trances extremadamente complicados
que escapan de los muros del centro y que demandan la colaboración activa de
distintos entes sociales. ¿Cómo va a desempeñar estas funciones un director
externo, alejado y desconocedor del entorno del centro?
Una
vez más, se advierte la inutilidad de un sistema educativo cerrado en sí mismo,
que le da la espalda al barrio, al pueblo, a la realidad social próxima. Ningún
miembro de la comunidad educativa, ni docentes, ni alumnos, ni padres, llevan
una existencia compartimentada, divisible en secciones estancas, sino que son
el resultado de la interacción constante con sus contextos más amplios. Sólo
cuando desde la administración se comprenda esta realidad, la organización de
la comunidad educativa y sus logros serán verdaderamente de calidad.
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