“Lo único que
interfiere en mi aprendizaje es mi educación” Albert Einstein
Cuando
hablamos de contenidos educativos, la legislación nos remite a tres términos
que aparecen formando una estructura fijada e irrenunciable para cualquier
acción didáctica: conceptos, procedimientos y actitudes. Una combinación cuya
misma rigidez conduce a su inoperancia. Pero es que, además, ni siquiera todas
sus partes son, con frecuencia, tratadas en la realidad del aula que, demasiado
a menudo, reduce su actuación a la mera repetición de unos manidos conceptos
vaciados de significado.
En
la película documental independiente “La Educación Prohibida” (Germán Doin,
2012), se aborda profundamente la relevancia de los contenidos generales de la
educación formal en la actualidad, obteniendo con este análisis unas
conclusiones que hacen pensar en la urgencia de una nueva educación, centrada
en el alumno y no en el currículo educativo. Vamos a seguir la línea planteada
por este excelente documental para reflexionar acerca de qué son los contenidos
educativos, para qué sirven y, sobre todo, qué deberían ser y para qué deberían
servir.
La
primera característica perniciosa de los contenidos educativos actuales es su
escasa adaptación a la realidad circundante, están cerrados al exterior. Son,
por otra parte, homogéneos, como la totalidad de un sistema educativo basado en
test estandarizados, horarios estrictos y separación por edades, por poner sólo
unos cuantos ejemplos. Esta homogeneidad supone una desatención de la
diversidad, de la particularidad del individuo, que expulsa a los no adaptados
del sistema. Los docentes dejan de ser educadores para ser simples
instructores, enseñadores de una doctrina que pone en el centro del proceso
educativo a unos contenidos abstractos y normalizados, en vez de al alumno como
ser individual. De esta forma, como se señala en el film, prima la instrucción
sobre conceptos, como los algoritmos matemáticos, sobre la educación de
cuestiones cruciales como las relaciones con los demás.
Todo
ser humano, y el niño en especial, está predispuesto a aprender, posee una
curiosidad y una capacidad de exploración innatas. El papel del maestro no
sería otro que el de fomentar ese genio
que todos llevamos dentro. Frente al consumo de ideas estandarizadas por parte
del alumno, apoyado en la repetición y el automatismo, la propuesta de la nueva
educación es que el pupilo sea capaz de crearlas y recrearlas, lo que le
llevaría a un aprendizaje profundo a través del interés, el juego y el
descubrimiento. El trabajo del educador será, en este sentido, proponer
misterios al educando, misterios que despierten esa curiosidad, esa tendencia a
la exploración presente en cualquier alumno.
En
esta Escuela Activa se fomenta el aprendizaje autónomo, la experimentación, la
manipulación, el método de ensayo y error. La educación deja de estar orientada
hacia la respuesta, el contenido dado, estandarizado, y vira ahora hacia la
pregunta, hacia el proceso, en vez de hacia el resultado. El foco es, ahora sí,
el alumno, no el currículo.
A
menudo, en la educación normalizada occidental, el niño o el adolescente es
visto como un contenedor vacío que hay que llenar con esos contenidos dados.
Esta nueva educación de la que hablamos, la educación prohibida, lo presenta
como el árbol que sigue un desarrollo natural, autónomo, desde que es una
semilla hasta el final de su vida. Quiere decirse que el alumno está completo
ya en sí mismo, que no hay que introducir en él elementos externos, sino
“sacar” sus habilidades, aprovecharlas y guiarlas, teniendo siempre en cuenta
los diferentes ritmos de aprendizaje, de intereses,…, es decir, la diversidad.
Frente
a la educación fragmentada, una holística; frente a la mirada hacia fuera, el
autoconocimiento; frente a lo instrumental y competitivo, lo emocional y la
convivencia. Esta es la nueva educación, la alternativa posible y urgente. Los
derroteros de la legislación, desafortunadamente, van por otro camino.


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