Centro
educativo, alumnos, familia, profesores y entorno: aspectos inseparables de un
mismo concepto: la comunidad educativa. Siempre interactuando entre ellos y
siempre con un peso equilibrado y cambiante en el proceso educativo. Ninguno
más relevante que el otro, aunque según el momento y el lugar unos cuantos se
impondrán sobre el resto. De la sensibilidad y perspicacia con que se
relacionen unos con otros dependerá el éxito de la educación.
Pero
detengámonos en este momento crucial antes de desarrollar estas ideas. ¿Qué
entendemos por Educación? ¿Educación como instrucción? ¿Educación para la
futura inserción en la realidad laboral? ¿Educación holística para formar individuos
libres y felices? A priori, y desde lo ideal, el último enfoque; en la
legislación (de forma muy marcada en la recientemente aprobada LOMCE), la
segunda propuesta; en el mundo real, en la inmediatez del aula, salvo honrosas
excepciones, básicamente la tercera.
Cada
una de ellas va a conjugar de manera distinta los elementos clave que se han
enumerado y cada entorno social va a propiciar la inserción en unas o en otras.
A simple vista podríamos pensar que es el contexto más favorecido el que
encuentra un mayor protagonismo del entorno. Nada más lejos de la realidad. Es
en las áreas más deprimidas donde la instrucción vana y rancia pasa al último
plano; hay necesidades más acuciantes. Claro ejemplo, el retratado en el film
“Hoy empieza todo” (Bertrand Tavernier, 1999). En un ambiente de pobreza y
consiguiente degeneración social, la escuela va a erigirse en un “todo” para
los niños, va a ocuparse de todas las vertientes de su vida, va a enseñarles a
leer y escribir, pero también, y sobre todo, va a velar por su alimentación, por
su bienestar general y por la necesidad de inculcarles los valores
fundamentales, sobre todo cuando las familias dejan de hacerlo.
Una
realidad social fácilmente extrapolable a nuestro mundo más cercano, como es el
caso de los centros del sevillano barrio de las Tres Mil Viviendas. ¿Estaríamos
todos dispuestos a sacrificar la impartición de nuestra sacrosanta disciplina
para ponernos al servicio del alumno y sus familias en un sentido mucho más
amplio? Desde luego no es la postura más cómoda, ni la que más certezas ofrece.
¿Por
qué hacemos esto? ¿Por qué condenamos a los centros con mayores recursos la
visión más pobre de la educación, mientras que el ideal de comunidad educativa
se restringe a “cuando no queda más remedio”? Parece que viéramos como algo
negativo la imposibilidad de limitarse a instruir en las tradicionales
asignaturas, como si este fuera el fin más bueno y deseable de la escuela. El
progreso, la educación nueva, van por un camino, la política y la tendencia
general por otro. Como escribe Francisco Juan García-Bacete, “(…) las mejores escuelas siempre cuentan con
padres que las apoyan y se encuentran integradas en sus barrios, lo que
revalida el concepto de comunidad educativa. Las reformas educativas que se han
centrado en un microsistema -escuela o aula- no han tenido el éxito esperado.”
En “Las relaciones escuela-familia: un reto educativo”
Ya
que la iniciativa integradora difícilmente parte, al menos en un plano no
meramente teórico, de la ley, ni de la mayoría de las familias y entornos, es
imperativo que venga de los otros elementos de la suma educativa; centro y
profesores. Esto es, ni más ni menos, el Proyecto Educativo de los institutos. ¿Pero
tienen estos proyectos educativos aplicabilidad real o, por el contrario, se
quedan en papel mojado, varados en el terreno de los sueños? Que cada cual
encuentre su respuesta.

Muy bien. ¡¡¡Reflexionando!!!
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