jueves, 26 de diciembre de 2013

La comunidad educativa: el centro en su entorno


Centro educativo, alumnos, familia, profesores y entorno: aspectos inseparables de un mismo concepto: la comunidad educativa. Siempre interactuando entre ellos y siempre con un peso equilibrado y cambiante en el proceso educativo. Ninguno más relevante que el otro, aunque según el momento y el lugar unos cuantos se impondrán sobre el resto. De la sensibilidad y perspicacia con que se relacionen unos con otros dependerá el éxito de la educación.
 
Pero detengámonos en este momento crucial antes de desarrollar estas ideas. ¿Qué entendemos por Educación? ¿Educación como instrucción? ¿Educación para la futura inserción en la realidad laboral? ¿Educación holística para formar individuos libres y felices? A priori, y desde lo ideal, el último enfoque; en la legislación (de forma muy marcada en la recientemente aprobada LOMCE), la segunda propuesta; en el mundo real, en la inmediatez del aula, salvo honrosas excepciones, básicamente la tercera. 

Cada una de ellas va a conjugar de manera distinta los elementos clave que se han enumerado y cada entorno social va a propiciar la inserción en unas o en otras. A simple vista podríamos pensar que es el contexto más favorecido el que encuentra un mayor protagonismo del entorno. Nada más lejos de la realidad. Es en las áreas más deprimidas donde la instrucción vana y rancia pasa al último plano; hay necesidades más acuciantes. Claro ejemplo, el retratado en el film “Hoy empieza todo” (Bertrand Tavernier, 1999). En un ambiente de pobreza y consiguiente degeneración social, la escuela va a erigirse en un “todo” para los niños, va a ocuparse de todas las vertientes de su vida, va a enseñarles a leer y escribir, pero también, y sobre todo, va a velar por su alimentación, por su bienestar general y por la necesidad de inculcarles los valores fundamentales, sobre todo cuando las familias dejan de hacerlo.  

 

Una realidad social fácilmente extrapolable a nuestro mundo más cercano, como es el caso de los centros del sevillano barrio de las Tres Mil Viviendas. ¿Estaríamos todos dispuestos a sacrificar la impartición de nuestra sacrosanta disciplina para ponernos al servicio del alumno y sus familias en un sentido mucho más amplio? Desde luego no es la postura más cómoda, ni la que más certezas ofrece.
¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué condenamos a los centros con mayores recursos la visión más pobre de la educación, mientras que el ideal de comunidad educativa se restringe a “cuando no queda más remedio”? Parece que viéramos como algo negativo la imposibilidad de limitarse a instruir en las tradicionales asignaturas, como si este fuera el fin más bueno y deseable de la escuela. El progreso, la educación nueva, van por un camino, la política y la tendencia general por otro. Como escribe Francisco Juan García-Bacete, “(…) las mejores escuelas siempre cuentan con padres que las apoyan y se encuentran integradas en sus barrios, lo que revalida el concepto de comunidad educativa. Las reformas educativas que se han centrado en un microsistema -escuela o aula- no han tenido el éxito esperado.” En “Las relaciones escuela-familia: un reto educativo”

Ya que la iniciativa integradora difícilmente parte, al menos en un plano no meramente teórico, de la ley, ni de la mayoría de las familias y entornos, es imperativo que venga de los otros elementos de la suma educativa; centro y profesores. Esto es, ni más ni menos, el Proyecto Educativo de los institutos. ¿Pero tienen estos proyectos educativos aplicabilidad real o, por el contrario, se quedan en papel mojado, varados en el terreno de los sueños? Que cada cual encuentre su respuesta.
 


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